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lunes, 15 de agosto de 2016

Penosas obligaciones

Porque me obligaban. Como apenas quedaba a unas cuadras del liceo y siempre podía tomarme un tiempo de dar un rodeo al regreso para ir, una vez a la semana debía yo visitar a la abuela Isidora.

No era una visita fácil. Una vez allí era inimaginable escapar de los largos monólogos de la visitada que, invariablemente, se quejaba de las pocas visitas de sus hijos y nietos, excusándose en el haber sido una madre ejemplar, dedicada, devota de su prole a quien había tenido que terminar de criar sola. Y ahí empezaba la extensa retahíla de críticas que iban subiendo de intensidad hasta terminar, claro, en mis propios padres.

No podía yo, en una prematura práctica de la ética confesional, decir a mis padres por qué rechazaba tanto la idea de aquellas enojosas visitas. Era imposible causarles la pena -aunque me temo que lo supieran o lo imaginaran- de manifestarles que representaba un suplicio quedar callado una larga hora mientras la anciana iba desagotando el ácido de sus rencores reales o imaginarios sobre personas a quienes yo quería y sobre todo a mis propios padres a quienes juzgaba no perfectos pero sí muy buena gente.

Sin duda una de las características que en ellos ha descollado como una de las grandes virtudes que nos enseñaran a mi hermana y a mí ha sido la de la solidaridad. Sin ser otra cosa que trabajadores, cada vez que alguien necesitó su apoyo por estar pasando mal, mis padres solían recurrir a un sobre azul que dormía sobre el techo del ropero, donde se guardaban las economías destinadas a los imprevistos. Y eran estas juntadas pesito a pesito, no vaya a creerse que el dinero sobraba.

Supe más tarde, mucho más tarde por desgracia, porque podría haber sido un buen argumento para refutar el consabido veneno, que parte de ese dinero iba a parar a manos de la abuela. Muchas veces me tocó cargar una bolsa de comestibles, cuyo destino era el mismo… Pero en aquel entonces, aún sin saberlo, me parecía inadmisible la actitud de mi abuela paterna.

Tenía como todo niño –creo yo- mis tíos preferidos, esos con los que uno se siente a sus anchas, y me causaba verdadero dolor que se intentase siquiera destruir la imagen o el cariño que sentía yo por ellos.

Por ese motivo hube de inventar una trampa, de la que nunca se enteraron mis padres. La abuela vivía en un departamento minúsculo separado del patio común por una escalera de unos quince escalones. Entonces yo subía la escalera –por si algún vecino fuera interrogado- y en el rellano aguardaba unos minutos en silencio, pidiendo desesperadamente que doña Isidora no fuese a abrir de sopetón la puerta. Y luego bajaba despacito, tratando de hacer el menor ruido posible, contento, para regresar a casa.

A la nochecita, cuando regresaba del trabajo, mi padre preguntaba: 
“-¿Fuiste hoy a visitar a tu abuela?”- y entonces éramos dos –mi madre y yo- que contestábamos: “-Fui –sí, fue- pero no había nadie.”
El viejo movía la cabeza y comentaba: “Bueno. Lo importante es que fuiste. ¡Después ella dice que no sale nunca! Pero volvé mañana.”

   


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