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jueves, 18 de agosto de 2016

Los ojos del maestro Maldonado

En la vieja casona donde funcionaba la escuela pública de segundo grado N•80 –Gral. Juan Antonio Lavalleja, porque a la sazón no era aún “Brigadier General” ascendido posmortem y cien largos años después por la dictadura- había tres galpones al fondo, dos de los cuales funcionaban como salas de clase. El de la izquierda entrando por el costado era el feudo educativo del maestro Oscar Maldonado. Menudo, crespo, de eterna corbata azul, lo que más destacaba en la fisonomía un tanto severa del maestro eran sus ojos. Ojos castaños y saltones, que parecían radares que todo controlaban en aquellos recreos de media hora agitados de corridas por el pedregullo. 

Dictaba el segundo año, y de este curso había otra sala –ésta dentro de la casa que en algún momento fuera señorial- a cargo de la maestra Marcelina Arrillaga. Supongo hoy, después de tanto tiempo que ha corrido inexorable, que los niños de Marcelina eran aquellos más tranquilos, mientras que los de Maldonado éramos los que precisábamos más control o disciplina. El maestro no alzaba jamás la voz. Contrariamente a aquellas maestras de mi época enfundadas en túnicas blanquísimas de las que solo asomaban escuetas chalinas de seda para aminorar los estragos de sus gargantas, al maestro bastaba apenas fijar sus ojos desorbitados en algún irreverente para crear un cosmos inmediato.

Y eso que era –lo recuerdo bien, con tanto aprecio- un hombre amplio que poco impedía el cuchicheo en los asientos dobles con tintero al medio, y pocas veces pudimos comprobar su enfado, que sólo manifestaba cuando los sentados más atrás –los alumnos que repetían el curso, un tanto más crecidos- hacían tanto barullo que sobrepasaban el tono de su voz. Ahí Maldonado fijaba con insistencia sus ojos en los barullentos, y la calma se expandía como un manto sobre el aula. 

Estuvo pocos años en la escuela, porque –después supimos- se encontraba un tanto enfermo. Pero entre quienes fuimos sus alumnos en segundo año dejó la impronta del educador sereno que premiaba con buena nota el esfuerzo y la conducta. Y que nunca elevó la voz, bastándole apenas el intenso enfoque de la mirada para restaurar el orden de su minúscula tropa de educandos. 

No sé si a todos mis coetáneos les haya pasado como a mí, pero en aquellos días las miradas eran elocuentes. Los padres tenían miradas codificadas, que entendíamos a la perfección, sobrando las palabras o los rezongos. Los ojos hablaban con un lenguaje secreto e imponían conductas esperadas. Por ese motivo, creo yo, es que recuerdo tanto a este hombre que además de las consabidas tablas de multiplicación o las reglas de prodia, enseñaba a mantener una actitud respetuosa hacia la vida, del mismo modo que lo enseñaban nuestros padres a los que también solo bastaba la mirada. 

  

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