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miércoles, 17 de agosto de 2016

Carnavales en los sesenta

En la calle llamada antiguamente Gral. Leandro Gómez, frente a la “Panadería y confitería La Rubia” –a pocos metros de Pedro P. Vidal, vivía don Tomás Cortés.

Un vecino afable, esposo de doña Aurora y padre de Aurorita, que formaba parte de las glorias del barrio aunque su hermano menor Julio César –Pocho para todo el mundo- que vivía una cuadra más abajo, era realmente la celebridad familiar: jugador de fútbol, campeón de América y del Mundo con Peñarol.

Pero Tomás era conocido por su actividad veraniega, el carnaval. Fundador del dúo cómico “Yo quiero dormir con mama” junto a Francisco Marotta –que vivía enfrente, casi al lado de La Rubia- continuó el proyecto con Jorge Fernández, profesor de Educación Física, cuando Marotta decidió el divorcio artístico.

Dúo que subía a los escenarios carnavalescos –“distinguidos proscenios de Momo” según los seudoeruditos presentadores populares- con una guitarra y una batería de chistes dialogados que divertían a grandes y chicos, auspiciado por la antigua casa de remates Taibo (“Cuando Taibo remata, todo el mundo gana plata”)


Las letras, que pasaban sin remedio por una comisión de selección oficial, eran de Cortés y carecían de explicitud. Antes bien, eran de ese tipo de comicidad que se estilaba en esos tiempos donde se cuidaba el lenguaje y solo se permitía sugerir en vez de mostrar. Otros dúos y tríos del momento, como Dorita y Garabato, los Capablanca o los recordados monologuistas Roberto Barry o Coco D’Andraya solían ser un tanto más osados en el humor, aunque sin salirse de los cánones que podían afectar su continuidad en los festejos carnavaleros.

Cortés era como el apellido que llevaba, su gracia la justa y necesaria para hacer pasar un buen momento, mechada entre comparsa y comparsa, y festejada calurosamente por su familia, que solía acompañarle en la recorrida de los tablados. En cada presentación, además de doña Aurora y su hija Aurorita, las hermanas “Pocha” y Esmeralda Cortés le vivaban con entusiasmo.

Cuando se presentaba en su barrio, en el Club Deportivo y Social Paysandú, que erígia un escenario sobre tanques de queroseno en un extremo de la cancha de basquet, se añadían a su hinchada el recordado boxeador Pedro “Tito” Botta y su mujer Nelly así como las hermanas Mastrogiovanni, que eran amigos fieles de la familia.

Cabe recordar con afecto a este mulato retacón de amplia sonrisa, que nunca dejó de brindar un saludo respetuoso a todas las señoras del barrio, orgullosas de su artista local.

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