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viernes, 12 de agosto de 2016

La casa del tío abuelo Clodomiro

Al trasponer el portón de hierro un dosel de jazmines del país, estrellados y fragantes, te recibía con júbilo. Y frente a la puerta de entrada, junto a la ventana del pasillo abierto, codo izquierdo sobre la mesa y a su derecha la vieja radio que semejaba por su forma y construcción un diminuto confesionario, la tía abuela Tota.

La recuerdo muy pálida, de cabello lacio oscuro, con sus labios pintados de rojo federal y un talante entre adusto y cariñoso que se ponía a la vista apenas te acercabas a saludarla. A su espalda -siempre a su espalda, custodiando sus sueños rotos- la tía abuela Blanca, rubia, bella, que se ponía de pie para abrazarte con esos abrazos que deshacen el alma. Blanca, como tantas mujeres de su tiempo, había quedado soltera y al cuidado de su hermana víctima de la poliomielitis, pero nada en ella denunciaba la menor rebeldía ante su destino, así como el que también había tocado en suerte a la tía bisabuela Rosa, nonagenaria en mi infancia, y que era parte de esa casa que recuerdo por su magia. Esas mujeres de mi familia, abnegadas, inquietas y solitarias que pasaban el rosario de sus vidas haciendo labores, palabras cruzadas y dulces de naranja agria cuando no pasteles de increíbles pliegues, formaban parte de una obligada visita semanal a la que yo acudía con gusto.

La radio invariablemente estaba en sordina, a menos que algún payador del agrado de tía Tota hilvanara por ella sus décimas. La conversación era clave en aquellas tardes otoñales, en las que ella llevaba la voz cantante. La tía Blanca, definitivamente sorda, carecía de tiempo para leer los labios e intervenir, y sonreía beatíficamente desde su sitio, asintiendo en aquello que su hermana pontificaba sin saber bien qué era. Por tanto, a veces soltaba tímidamente una frase con el contenido responsorio de aquello que ella consideraba que se estaba diciendo, y como pocas veces acertaba, recibía un despectivo codazo de su hermana menor:
-¡Cállate, Blanca!
Esa señal era tan definitiva que la tía Blanca continuaba sonriendo como un dulce y femenino Buda y sacudía la cabeza como diciendo "qué impulsiva es mi hermana".

Claro que después de los consabidos saludos, mientras mi madre y Tota se enfrascaban en la charla, la tía Blanca por señas me invitaba a su cocina para prepararme una merienda suculenta. Allí la reina de la casa no era la inválida, y ni siquiera la cuñada, Élida, a quien debemos señalar como la verdadera dueña de casa. Pero en la distribución de las tareas, la comida y la cocina eran su feudo exclusivo. La gran cocina a leña con su plancha lustrosa e impecable mantenía constantemente una pava de agua caliente para el mate, que era la bebida predilecta de los habitantes de esa casa. Tía Blanca abría la alacena y sacaba, envueltos en primorosos pañitos bordados, bizcochitos amasados por ella cada mañana, hechos entre suspiros y mientras el almuerzo iba marchando.

Hay días en que paso por una casa en cuyo jardín trepa una planta de jazmín del país y ese perfume me reconduce a aquella en la que pasé gran parte de mi niñez, como muchos de mis primos, vigilado en mis correrías por el fondo lleno de frutales por los ojos vigilantes de la tía abuela. 

Escucho el rumor de las decenas de canarios en sus jaulas, jaulones y jaulitas y me conciencio que no son canarios, sino otros pájaros que gozan de la libertad que aquellos no tenían, como tampoco aquellas ancianas prisioneras pero felices de su rutina.

La misa de seis, la ida y vuelta del mercado, la eterna selección de legumbres en cestas de mimbre sobre la mesa, el pan crujiente untado de manteca casera, los dulces de fruta y sus jaleas, el retrato emponchado del viejo Herrera para que el mundo supiera a quién respondía el jefe del hogar, las voces apagadas de los payadores en la radio... Pero de todo eso y de mucho más siento mayor nostalgia de aquella tía abuela Blanca, perdida y sorda flanqueando con solicitud de esclava a su hermana menor aún cuando con una mueca de evidente fastidio le espetara el "cállate, Blanca".

 

1 comentario:

  1. construcción de una infancia en felicidad y sin interferencias "lindo haberlo vivido, pa¨poderlo cantar"

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