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viernes, 19 de agosto de 2016

Las bellas diferentes



El barrio tenía como motivo de orgullo dos bellezas bien diferentes. 

Una rubia y simpática, la otra morena y distante. Alicia, la rubia, era azafata –como se decía en mi infancia a las aeromozas- y tenía ese aire de seguridad que suelen dar las millas voladas. Transitaba por la vereda hasta su casa como desfilando, con una sonrisa a flor de labios para corresponder la muda admiración de sus vecinos. 
Mora, la otra bella, caminaba erguida y mirando muy seria hacia delante, como si las personas y objetos a su paso fuesen transparentes, como sin considerar que las miradas eran elogiosas hacia su porte de princesa en un reino imaginario. 

Alicia era hija de un matrimonio de clase media alta, educada, “con idiomas” –como ponderaba doña Lola, su abuela materna gallega que intercambiaba recetas de pescado con mi madre- y vestía el uniforme azul de la compañía con sobrerito minúsculo ladeado que acrecentaba su donaire. 

Mora pertenecía a una familia compuesta por un ex policía y su mujer, ya entrados en años, y no había terminado la secundaria para emplearse en casa de una familia polaca de Pocitos.

Alicia tenía un novio guapo, jugador de basquet, que la buscaba a veces en un auto gris y cuyos padres venían a menudo a cenar en su casa para estrechar lazos familiares.

Mora en tanto salía o llegaba siempre del brazo de su hermana mayor, y era evidente que a pesar de su notable belleza no tenía o no quería festejante.

Un día, sin aviso, la cintura de Mora comenzó a ensanchar y la mirada a la lejanía que de costumbre echaba pareció llenarse de miedo. 
Y poco tiempo después, la cuadra se sorprendía con las sirenas de la ambulancia a tempranas horas de la tarde para detenerse justamente frente al portón de su casa, y del brazo que escapaba de debajo de la sábana de lienzo, salvajemente herido en la muñeca.

El fondo de aquella casa estaba lleno de cañas de Castilla, y entre sus rizomas invasores anidaban las ratas. Esa mañana Mora compró veneno en el almacén, señalando que ya no aguantaba más la presencia de los roedores en la casa. La hija del almacenero se sorprendió por la hora, ya que la joven se encontraba en su horario de trabajo, y ella respondió casi llorando que había sido despedida, por lo que se dedicaría a terminar con la plaga.

Se dice que calentó un poco de caldo al que mezcló el cebo envenenado de la caja, lo bebió, y para no dejar al azar su eficacia, con una cuchilla se cortó las venas, desangrándose. Llevaba cuatro o cinco meses de embarazo y solo dieciocho años, cuando presa de la desesperación se quitó la vida dejando una esquelita que decía apenas: “No nací para ser problema sino solución”.

El hermano, un muchachón taciturno que trabajaba de albañil, y la hermana, que era su confidente, estuvieron buscando respuestas a la desgracia familiar en casa de los patrones de Mora, pero justamente estaban de viaje en Israel con su hijo Jaime, de veintidós años. 

Cuando regresaron después de más de un año, los airados hermanos de Mora ya habían agotado el llanto, la ira y la vergüenza, y nunca más buscaron explicaciones al asunto porque jamás devolverían a la vida a la bella muchachita.

Por esa calle empedrada de mis recuerdos aún camina Mora. Etérea, alta y flexible como un junco, sin creer aún que quienes la vemos solo admiramos su hermosura…


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